Rezago digital estanca a estudiantes de Zona Rural.

La maestra Gabriela ha intentado ponerse la capa de ‘superheroína’ al momento de impartir clases a distancia, pero se ha topado con pared. 

“Yo me quisiera conectar y verlos por medio de Zoom o Meet, pero no puedo”, narra sobre la terrible realidad digital que acompaña a sus alumnos en la zona rural, en medio de la crisis del coronavirus.

Antes de que se desatara la pandemia, la educadora Gabriela Martínez tuvo que ‘migrar’ de una escuela urbana a una localizada en los linderos de Villagrán. Ahí, se había desempeñado en el aula con los pequeños hasta que coronavirus arreció en Guanajuato, dando una ‘bofetada’ a los mecanismos de la educación.

Desde marzo de 2020, Gabriela y miles de docentes en la entidad se han tenido que adaptar a una nueva modalidad educativa virtual, trastocada por diversos factores: un trabajo más extenuante en horarios, el uso obligado de herramientas tecnológicas, y el contrapeso de quienes no están en el torrente de la vanguardia.

Así pasa con sus alumnos de Preescolar

A Gabriela le gustaría estar en comunicación a diario con ellos, pero enfrenta la peor de las limitantes: de 26 alumnos que tiene, sólo cuatro sí se pueden unir a sus clases, dado que el resto no cuenta con internet en su comunidad. 

“No lo puedo hacer, porque dejaría fuera a la mayoría. Tienes que ver la manera que sea posible”, indicó.

El trabajo de Gabriela, como de algunos otros, ha mutado de la docencia a la gestoría: debe hablar con los padres para insistir con las tareas, aunque las limitaciones le condicionan. 

“No pensé que solo hubiera un celular en una casa, y en algunos lugares eso pasa”, cuenta respecto a una realidad palpable de la comunidad.

En el mejor de los casos, aunque se da en muy pocas familias, los padres profesionistas guían a los suyos, y les acarrean para aprovechar la escuela. En el peor, la comunicación con su maestra ocurre hasta el fin de semana, cuando el aparato celular llega a casa nuevamente junto con los padres que se ven en la necesidad de ‘zarpar’ a menudo para lograr la manutención.   

“Se me hacía increíble que una persona me dijera que me mandarían las tareas los sábados cuando llegara su esposo porque era el único celular que tenían, y ahí me sorprendí mucho”, dijo.

“Otro factor es que no hay Internet en las comunidades, tienen que andar encima de las casas para que agarre algo de Internet”, externó.

Pidió que se reconozca el esfuerzo de todos los maestros que han visto un cambio drástico en su profesión en el último año. 

El ‘Cíber’ es la nueva escuela

En las comunidades más alejadas de las zonas urbanas, como el caso de Lagunillas, los cibercafés o papelerías con acceso a internet, fungen ahora como las nuevas aulas. 

Quienes están a cargo de estos negocios, como María López, han pasado de atender y vender mapas, infografías o ábacos, a ponerse al frente del alumnado. Ahí, cada semana reciben las tareas, se imprimen y las hacen llegar a comunidades aún más alejadas. 

“Los niños son los que salen a flote porque la mayoría de los papás no saben ni leer ni escribir, entonces son los niños los que saben, se apoyan con sus maestros y a los que cuentan con celular, los maestros les dan clases por Zoom, y los que no, pues ellos solos con sus libros están saliendo adelante”, cuenta María.

Tras nueve años atendiendo su papelería y cíber, pareciera que su auge llegó ahora. María confiesa que, del resto, se vende poco, pero el Internet, es ahora el aula. 

“Lamentablemente en las comunidades rurales como aquí, nos pasa muy seguido, casi todo el tiempo, porque el internet se va y regresa, y es cuestión de que no existe fibra óptica”, dijo.

Mientras explica, María se da el tiempo de picar cuantas veces sea posible el botón izquierdo del mouse, para refrescar la página y ver si hay suerte con la conexión. 

En al menos 10 minutos, no lo hubo, pero sí se acercaron dos clientas; una ingeniera que dice que ha adaptado su departamento para enseñar a los jóvenes y una mujer que va por el encargo de la tarea semanal. 

“Yo les he dicho muchas veces (a los jóvenes) que yo les enseño gratis, pero no quieren. Y al chico que me mandan me lo mandan descalzo, sin comer y sin suéter, y no estamos como para enfermarnos”, dice la primera.

Al final, cualquiera de ellas, que se mantienen cargando parte de la loza de la ‘nueva educación’ podrían compartir la conclusión de la maestra ‘Gaby’; “Con que me manden la evidencia, no me importa la hora”. 

Información. Periódico Correo.

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