Han pasado 48 años y Josefina no olvida cuando las calles se volvieron ríos en Irapuato.

Cada que llueve en Irapuato, Josefina se encierra en su cuarto y ya no sale; tiene miedo de vivir nuevamente el horror de una inundación como la sufrió hace 48 años, cuando tuvo que ver cómo moría la gente mientras abrazaba a sus seis pequeños hijos el 18 de agosto de 1973.

“Me da miedo todavía, no sí, fue bien feo, horrible”, recordó doña Josefina, quien en aquel entonces vivía en una vecindad en la avenida Guerrero, una de las zonas más afectadas por la inundación, en donde sólo recuerda que dijeron “ahí viene el agua”, pero nunca se imaginó cuánta agua sería.

Ese día, hizo una maleta y la subió a un ropero, salió al mercado para comprar una despensa para tener que darles de comer a sus seis hijos, uno de meses, otro de un año, los cuales todavía tomaban pecho, uno más grande de 4, 5 y 6 años y nueve años; pero apenas alcanzó a llegar a la casa cuando el agua ya traía consigo arrastrando una combi.

Doña Josefina regresó al interior de su casa y usando como escalones unos tabiques que salían del cine Irapuato, subió a cada uno de sus niños, aunque uno se le quedó atrás y tuvo que bajar entre el agua, a buscarlo, el pequeño ya estaba arriba de una mesa agarrito de una lacena.

Cuando llegó su esposo con el agua hasta el nivel del cuello, preguntó por sus hijos, y ella los formó en el borde del techo para que los viera, fue cuando uno de los cuartos de la vecindad se derrumbó y por poco aplasta a su esposo.

Fueron casi tres días en los que estuvieron en el techo compartiendo comida con al menos 10 familias más, jalando unos cocos que iban entre el agua para que los niños tomaran agua, y a los más pequeños lograron rescatar una lata de leche y ante la falta de agua, les dieron el agua del estanque del baño, lo que les provocó una infección que por poco acaba con su vida.

Ella, fue testigo de que aquella historia que dice que en la tienda Blanco murió mucha gente, sí fue cierta, pues junto a su esposo fueron a la tienda para ver qué agarraban para los niños, para dales de comer.

“Murió muchísima gente, sí en los sótanos de Blanco, los que intentaron bajar para sacar sus carros, ahí los agarró el agua, fue mucha gente. Cuando nosotros andábamos buscando chanclitas para los niños. ¡Fue una cosa horrorosa! Me tocó sacar un brazo, nada más, cómo se desmembró esa persona, vaya usted a saber. Yo salí corriendo”, recordó.

Esos tres y lo que le siguió a esta tragedia fue la más fea experiencia de su vida, pues además de esos tres días la recuperación fue muy dura y difícil, pues perdieron todo, e incluso cuando llegaron a la colonia 18 de agosto, que se formó con ayuda del Gobierno, todas las noches esperaba a su esposo en la esquina de la calle, pues el lodo de las calles no le permitían entrar y a veces se tenía que quedar ahí.

“Pero dentro de lo malo, lo bueno, ahora tengo mi casita, que nunca me ha pasado por la mente venderla”, y aunque quisiera no volver a recordar esa dolorosa experiencia, que en la colonia se conmemora con fiesta en grande, se dijo segura de que debe de agradecer a la vida que sigue viva y sus hijos crecieron y son personas de bien.

El 18 de agosto de 1973 ha sido una de las tragedias más duras de Irapuato, que marcó un antes y un después para la ciudad, pues a partir de ese momento, cuando los ojos de todo México se volcaron para la ciudad fresera, comenzó el desarrollo y atrás quedó ese pueblo de adobe, pues renació con el trabajo de su gente.

Información. Periódico Correo.

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