En su primera visita de Estado a territorio chino desde que volvió a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump estará en Pekín del 13 al 15 de mayo para reuniones de trabajo con su contraparte china, el presidente Xi Jinping.
Con una agenda que incluye tanto acuerdos comerciales como diferencias geopolíticas, la reunión de los dos “principales actores globales” busca estabilizar una relación marcada tanto por la rivalidad como por la mutua conveniencia.
Con su aterrizaje en Pekín, será la segunda vez que Trump pise territorio chino como presidente en funciones. Si bien su primera visita a la capital china, en noviembre de 2017, fue descrita como “amigable” por el mismo mandatario, menos de un año después el republicano impuso los primeros aranceles a productos chinos; desde entonces, si bien hubo arreglos arancelarios, la relación entre ambas potencias se ha deteriorado y actualmente mantienen una rivalidad estratégica y comercial que pondrá a prueba su habilidad diplomática durante esta visita.
En los anuncios que promocionan el encuentro, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China ha buscado enmarcar la visita de Trump como una oportunidad para comenzar un proceso de cooperación entre ambas economías que permita una dinámica de ganar-ganar.
Previo a la reunión de los mandatarios, funcionarios de alto nivel de ambos países trabajaron para establecer mecanismos formales de comercio e inversión y se espera que estas “juntas” sean anunciadas de manera formal durante la visita a Pekín.
Desde marzo de este año, tras una reunión del secretario del Tesoro estadounidense con su contraparte china, la República Popular señaló su interés por adquirir más bienes estadounidenses, en especial productos agrícolas y aviones Boeing; sin embargo, ambos lados admiten que más allá de las buenas intenciones, la Junta de Comercio y la Junta de Inversión necesitarán de más trabajo para establecerse como mecanismos bilaterales efectivos que beneficien a ambos países.
Acuerdos comerciales, una victoria de Trump
Si bien se espera que la reunión en Pekín sea beneficiosa para el presidente Trump, con titulares que anuncien compromisos chinos para la compra de miles de millones de dólares en exportaciones estadounidenses, históricamente China ha utilizado cartas de intenciones o memorándums de entendimiento en vez de la firma de contratos vinculantes para apaciguar al mandatario estadounidense sin realmente nunca llegar a comprar la cantidad total de bienes que se anuncian durante los encuentros.
Pese a ello, al interior de Estados Unidos se pinta al presidente Trump como un estadista capaz de dialogar con una potencia hostil y lograr acuerdos beneficiosos con base en su política “America First”. Pero más allá de los titulares a corto plazo, la reunión entre jefes de Estado tiene el potencial de expandir los acuerdos arancelarios a los que han llegado ambos países en esta especie de guerra comercial en la que se encuentran inmersos.
En opinión del maestro Alejandro Martínez Serrano, internacionalista y profesor titular de la Universidad La Salle, la reunión de trabajo con el presidente Xi ejemplifica la manera en la que Trump decide conducir la política exterior de Estados Unidos y puede ayudar a resolver la cuestión arancelaria que afecta a la economía mundial.
“Hay que ubicar el encuentro en la manera de hacer política exterior de Donald Trump. Más allá de las declaraciones y su presencia en redes sociales, a él le gusta dialogar de frente con sus oponentes, no le gustan las reuniones multilaterales sino la negociación tú a tú; en ese sentido, podemos esperar algunos avances en temas arancelarios. Hay que recordar que Trump empezó su segunda administración con una guerra arancelaria, no solo contra China sino contra muchos países, pero China ha seguido estas mismas acciones e impuesto gravámenes y restricciones a productos estadounidenses; bajo esta dinámica, podemos esperar que aunque no se resuelvan todos los problemas, la reunión personal sí es una estrategia que Trump utiliza”, señala el especialista.
Taiwán e Irán, los temas más difíciles en la reunión
Más allá de los temas comerciales, la reunión entre los mandatarios de China y Estados Unidos tiene consecuencias internacionales que se extienden de Asía Pacífico a Medio Oriente.
Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, ya se encuentra en ruta a Seúl y Tokio para asegurar a los principales socios de Washington que los acuerdos a los que se lleguen en Pekín no afectarán su alianza con Estados Unidos; sin embargo, la principal preocupación regional se encuentra en Taiwán.
Desde Taipéi, la visita del presidente estadounidense a Pekín se observa con cautela en un contexto donde China mantiene sus reclamos sobre la isla y el apoyo estadounidense a su independencia aparece de manera exclusivamente nominal, pues pese a la aprobación de la venta de 11 mil millones de dólares en armamento en diciembre de 2025, Estados Unidos no ha comenzado la entrega de los productos y la crisis en Medio Oriente deja a Taiwán afuera de las prioridades del Pentágono.
El profesor Martínez Serrano señala que la reunión en Pekín evidencia la posición China como un actor protagonista en el escenario internacional y apunta que la guerra en Medio Oriente también tiene implicaciones que podrían significar un mayor involucramiento chino tras la visita.
“Se podría pensar que el presidente Xi también tiene un interés en que solucione ese conflicto. Si bien es cierto que China es productor energético, también depende de la importación de hidrocarburos para complementar sus suministros y uno de sus principales socios en esa materia es Irán y otras economías del Golfo Pérsico. China necesita de una zona de libre tránsito en esa región y la presencia de hostilidades ha incrementado el precio de los combustibles a nivel global; por eso, aunque China no intervenga directamente en apoyo a Irán, es uno de los países más afectados por esto”, finaliza el académico.

