Sueños abandonados: Madres buscadoras dejan trabajos y festejos por encontrar a sus hijos.

La brillantina, los trajes de colores y el maquillaje que usaba cada fin de semana han sido abandonados. Para Adela Alvarado, la desaparición de su hija terminó con el legado familiar de ser payasita de fiestas infantiles. 

“Toda mi familia paterna, mis tíos, mis hermanos habíamos desempeñado el oficio del circo y de ser payasos pero tuve que dejarlo tras las amenazas que tuvimos mientras buscábamos a Mónica Alejandrina Ramírez Alvarado”, dijo en entrevista con El Sol de México. 

Adela aún no olvida ese día. Fue el 14 de diciembre de 2004 cuando la joven de 20 años salió de su casa rumbo a la universidad, le pidió dinero a su papá para su combi y emprendió el camino. Nadie imaginó que ya no iba a volver. 

“Ya no pude trabajar porque me dedico a la búsqueda de mi hija y pues, me llegaron mensajes que decían que yo era la siguiente si la seguíamos buscando, que yo era la siguiente en desaparecer. Por eso tuve que dejar mi trabajo pero ahora utilizo mi atuendo cuando voy a las marchas, cuando salgo con la lona de mi hija, ahí salgo como su madre pero también como la payasita que soy. En esos momentos la busca Adela pero también Salchicha, mi personaje”, contó. 

A Adela no solo le arrebataron a su hija, estudiante de psicología de la FES Iztacala, de la Universidad Autónoma de México (UNAM), sino que le quitaron su hogar en Ecatepec, Estado de México, por las amenazas y el miedo a que les hicieran algo se convirtieron en desplazados.

Desde 2004 la familia no solo perdió a su hija y su hogar sino que a la madre también le arrebataron el legado familiar del payasito. 

“Me he aferrado a Mónica y a mi profesión. En el año 2000 hicimos un plantón muy grande ahí en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México, duró de las 8:30 de la mañana a las 06:30 de la tarde. Me acompañaron mis amigos, colegas y familiares; éramos payasos y magos exigiendo la aparición con vida de mi niña”, relató. 

Desde la desaparición de Mónica, la vida de Adela gira en torno a la carpeta de investigación y a cualquier indicio que le diga dónde está su hija. “Ser buscadora es dedicar todo tiempo a esto y nada más. No me había dado cuenta que hay familia a la que no conozco hasta hace seis meses que una de mis sobrinas nos invitó a una fiesta, ahí me di cuenta que nuestra vida se estacionó hace 21 años porque ya no conocía a los niños, a los jóvenes que nacieron después de que desapareció mi hija”, compartió. 

Pero la esperanza de Adela de encontrar a su pequeña es algo que no tiene fin. Para ella aún se puede tener el sueño de la clínica familiar que antes se había planeado. 

“Nosotros teníamos planes con Moni, con mi hija la mayor que es odontóloga, mi esposo es médico, entonces decíamos que ahí en la casa hiciéramos una especie de cliniquita. Yo soy licenciada en administración de empresas y mi hijo en mercadotecnia. Era un sueño que queríamos hacer”, señaló. 

Los viajes que quedaron en promesas 

Para Isabel, conocer la tierra de Baja California, una playa fría en la que pudiera estar con sus hijos y sus nietos es un sueño que ha tenido estancado por casi nueve años. 

María Isabel Cruz Bernal era un ama de casa obligada a convertirse en la presidenta y fundadora del colectivo Sabuesos Guerreras. La mujer aprendió a buscar en montes, cerros y ranchos luego que su hijo Yosimar García Cruz fuera desaparecido el 26 de enero del 2017 en Culiacán, Sinaloa. 

“Yo creo que lo desaparecen por su trabajo, él es policía municipal. El 30 de septiembre del 2016 detectaron una bomba en la salida norte de Culiacán y mi hijo fue uno de los primeros en llegar a auxiliar a esos militares heridos. Y bueno, tres meses después le llega la desaparición”, detalló. 

Yosimar tenía 28 años cuando personas llegaron hasta la puerta de la casa, tocaron la puerta y se lo llevaron.

Por casi nueve años, Isabel ha rascado la tierra en busca de su hijo, quiere tenerlo a su lado para que le cumpla la promesa de viajar. 

“Algo que siempre me dijo cuando era muy niño era que él cuando fuera grande me iba a llevar a recorrer el mundo. Yo lo llevaría no diría a Baja California, tal vez, donde hacen el vino tinto, conocer las uvas y cómo se elabora”, recordó. 

Desde 2017, Isabel admitió que con la ausencia de su hijo también desaparecieron sus ganas de cuidarse. 

“Yo solo pensaba en la búsqueda de qué hacer, cómo buscarlo, y me olvidé de mí, me olvidé de que existía, me olvidé de mi salud. A raíz de esto me dio diabetes y no salía para ningún lado. Después fui entendiendo que primero tenía que estar bien yo para poder seguir buscándolo. Fue cuando empecé a darme ese espacio para mí”, aseguró. 

Para Isabel no fue fácil aceptar que tenía que cuidarse y sostenerse de sus amigas y familiares. Ir a la estética o hacer una cita para hacer un pedicure no eran tareas que la llevaran a la búsqueda de su hijo pero sí eran actividades que le permitían estar bien física y emocionalmente y así tener fuerzas de continuar. 

“Empecé con cosas muy pequeñas y pues hasta ahora por ejemplo, damos una búsqueda, regresamos e invito a mis compañeras a comer o a bailar y eso nos ha servido mucho. Tratamos de saber que la vida continúa a pesar del dolor y entender que si no estamos bien, nos vamos a enfermar y vamos a quedar en cama, no vamos a poder salir”, dijo. 

Pero también fueron sus otros hijos, los que perdieron y exigen la localización de su hermano, quienes le dieron la mano y la sostuvieron. 

“Ellos me alentaban a ir al cine, a celebrar Navidad. Ellos fueron mi mano que me ayudó a salir de ese hoyo”, recalcó. 

Cumpleaños sin festejo 

A sus 56 años, Patricia de la Cruz se convirtió en una de las miles de madres que buscan a sus hijos desaparecidos. El 22 de junio de 2022, su hijo Fernando Hernández de la Cruz desapareció en Altamira, Tamaulipas. 

Desde entonces recorre el Ministerio Público, llenando expedientes y dejando de lado el festejo de su cumpleaños. 

“Antes íbamos a un restaurante, mis hijos contrataban mariachi o traían a la casa un trío. Quieren festejar a la mamá como del lugar y todo era bienvenido. Te llenan de amor, de cariño”, recordó. 

Pero, ahora la mujer de 59 años no tiene ganas de soplar velas de un pastel. 

“Mi cumpleaños es en septiembre y no quise que me hicieran nada. Me quedé acostada en mi casa. Mis otros hijos quisieron, pero no es lo mismo estar con tus hijos y que no esté uno de ellos”, señaló. 

Con la ausencia de su hijo, Patricia encontró la manera de trabajar desde su casa y poder seguir con la búsqueda. 

“Puse una tiendita de regalos para poder subsistir. Lo hice aquí en la casa porque estoy esperando a que regrese o que me hablen por teléfono. El teléfono del local lo tengo conectado a mi celular para que si yo salgo pueda entrar la llamada”, explicó. 

Sin embargo, a tres años de la ausencia de su hijo, aún no se tienen pistas de su paradero. 

“Yo quisiera decirle algo a las personas que se lo llevaron y es que ellos no saben la gravedad que va a pasar en la casa o con la familia de esa persona. Humildemente pido que me den una seña o que me digan que mi hijo está bien. Yo siempre lo sueño, siempre estoy pensando en él, no duermo por estar pensando en él. Les ruego que, por favor, ya no se lleven más gente, regresen a los que tienen, vivos o muertos”, finalizó. 

Información. El Sol del Bajío.

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