Organilleros que recorren México: Omar, Isauro y su inseparable compañero Pancho llegan a Guanajuato.

Omar, Isauro y Pancho recorren la República Mexicana llevando consigo el orgullo de ser organilleros. Aunque su hogar está en la Ciudad de México, cada año salen a distintos municipios del país, entre ellos los de Guanajuato, para compartir su música, su oficio y una tradición que se niega a desaparecer.

“Cada año salimos a trabajar a Guanajuato. Vamos recorriendo los municipios desde finales de septiembre, y también vamos a Zacatecas y Hermosillo”, cuenta Omar, mientras prepara su instrumento.

El organillo, explica, es una pieza mecánica que guarda en su interior un complejo sistema de aire, madera y metal, debajo tiene un fuelle de aire; arriba, un rollo de madera con puntillas de metal y un teclado.

«Cuando doy vuelta, el fuelle funciona y mueve el rollo. Cada puntilla levanta una tecla del teclado, y eso es lo que hace que suene la música”, detalla.

Cada organillo contiene ocho melodías grabadas en su rollo. “Cada rayita representa una canción. Todos traen ocho canciones, y la gente las pide por número. Yo ya me sé cuál es cada una”, dice entre risas.

El oficio corre por su sangre, su abuelo fue organillero, su papá también, y él es hoy, la tercera generación que mantiene este oficio que se niega a desaparecer.

«Es un oficio generacional, He trabajado en Oaxaca, Veracruz, Chiapas, Morelos, Puebla, Querétaro, Hidalgo, San Luis Potosí, Guadalajara, Puerto Vallarta, Hermosillo y aquí en Guanajuato. Casi conozco todo México gracias a este trabajo”, recuerda Omar con orgullo.

Junto a ellos viaja Pancho, un pequeño changuito que los acompaña en cada presentación, pide una moneda, bebe agua y roba sonrisas a quienes se detienen a escuchar el sonido nostálgico del organillo.

“Sí, hay gente muy buena —cuenta Omar—. Algunos se han venido de la Ciudad de México a vivir acá y ya no regresan. Les gusta recordar los viejos tiempos cuando allá se escuchaban los organillos. Eso es lo que a nosotros nos gusta: que la gente los siga reconociendo”.

Sin embargo, no todo es alegría, aseguran, en los últimos años, su oficio se ha visto afectado por personas que se hacen pasar por organilleros. “Hay quienes solo hacen una caja, le meten una bocina y dicen que es un organillo. Eso nos afecta porque la gente deja de creer en nosotros”, lamenta Isauro.

Aun así, la tradición se resiste a desaparecer.

“Estaba desapareciendo, pero ahorita ya está retomando fuerza. Los que están desapareciendo son los organillos viejitos, pero ya hay quienes los reparan o restauran. Incluso hay organilleros chilenos y guatemaltecos que también se dedican a esto”, comenta Isauro, también tercera generación de organilleros.

El instrumento pesa alrededor de 45 kilos, y ellos lo cargan a la espalda, lo que llaman “saquearlo” y aunque es pesado, recorren en con el toda la ciudad.

“Que no dejen morir esta tradición ni las demás culturas y costumbres. Que sigan enseñándoles a sus hijos. Y que la gente no se deje engañar por quienes solo ponen una bocina y dicen que es un organillo”, concluye Isauro.

Información. Periódico Correo.

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