El Panteón Municipal, ese lugar donde la nostalgia se mezcla con el silencio, es también el escenario cotidiano de Arturo Negrete Medina. Desde hace 43 años, ha visto a la muerte de frente, inhumando y exhumando cuerpos, siendo parte del último adiós.
“Una exhumación consiste en que vienen los familiares, nos señalan una tumba y dicen: ‘Queremos volver a sepultar a otra persona’. Ellos traen sus documentos y todo lo necesario para poder abrirla. Entonces se hace la exhumación para volver a inhumar a la persona que tienen recientemente. Hay que sacar los restos humanos para volver a colocar a la persona nueva ahí mismo.”
Su voz es pausada, templada por el tiempo y por las historias que se han quedado bajo tierra. No hay morbo en su tono, solo respeto. Su trabajo, dice, es moralmente difícil, pero alguien tiene que hacerlo.
“Es un trabajo complejo, porque en ocasiones llegan cuerpos que sí, pues hasta a uno le pega el pesar de la gente. Pero bueno, alguien tiene que hacerlo.”
Cada año, entre setecientas y ochocientas personas son sepultadas en el panteón. Arturo ha estado presente en cada despedida: más de treinta mil entierros en su vida. Su primera tarea fue a los diecisiete años: cavar una fosa común. No olvida ese momento.
“La primera cosa que hice fue cavar una fosa y por eso sigo aquí. Vivo con mi esposa; tuve dos hijos, pero uno falleció. A él lo enterré yo mismo. Fue duro, sobre todo porque era mi hijo, pero yo lo quise enterrar.”
Habla de ello sin bajar la mirada, con esa serenidad que solo da el oficio de acompañar el dolor ajeno. Su familia no entiende por qué trabaja en algo tan fuera de lo común y, sobre todo, tan difícil.
“Mis hermanos me decían: ‘Ya salte de ahí, ¿qué haces ahí?’. Pero, ¿qué hago? Pues trabajar, buscar sostener a mi familia. Y eso es lo que me ha gustado más, porque a pesar de que a veces es un trabajo pesado, también le deja a uno algo moralmente.”
Con los años, ha aprendido que no todos los días son iguales. Algunos están llenos de silencio; otros, de llanto o reclamos.
“Hay personas que son groseras, pero uno entiende: vienen con su problema, con su dolor. No se puede pelear con todos. Lo que hago es agachar la cabeza y seguir. A veces uno tiene que aguantarse las groserías, porque la gente viene con su pesar.”
Y aunque su oficio está lleno de costumbre, a veces ocurren cosas que escapan a la razón.
“Una vez me tocó estar haciendo una fosa común y yo estaba metido hasta adentro, y de repente sentí que me aventaban piedritas, como arena gruesa. Pegaban en las paredes de los lados, pero a mí no me pegaban. Me asomé varias veces y no había nadie. ¿Quién era? Quién sabe”, recuerda.
El tiempo le ha enseñado a mirar distinto la muerte, a ser una mejor persona; un oficio que, asegura, cada día le recuerda el valor de la vida.
Información. Periódico Correo.

