La lucha era legítima, el espíritu combativo de miles de estudiantes inundaba las calles de la Ciudad de México desde julio de 1968. Ellos tomaron el timón de un movimiento que involucraba a la mayoría de los mexicanos, inconformes con un régimen autoritario. Ese liderazgo costó la vida de cientos de jóvenes, asesinados o desaparecidos, la tarde del 2 de octubre de 1968.
La Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco fue el escenario de la tragedia. Los fusiles apuntaban a cientos de estudiantes que cambiaron las clases por la protesta, para lograr un mejor país, y cuando las bengalas surcaron el cielo, empezó la lluvia de balas. Esa tarde y los meses posteriores, la confusión fue un aliado de los represores. Falta de información, culpas cruzadas y un gobierno negado a dar explicaciones para evitar el escarnio internacional, fueron las sombras que cubrieron la magnitud de lo que el régimen de Gustavo Díaz Ordaz había hecho: una masacre.
El movimiento estudiantil de 1968 en México marcó un hito en la historia del país. Simboliza la lucha por la democracia, la libertad de expresión, los derechos humanos y las oportunidades para todos.
A 57 años de la matanza, las protestas estudiantiles han evolucionado, pero evocan el espíritu del 68, y también se adaptan a los nuevos desafíos de la sociedad mexicana. Los estudiantes de hoy utilizan plataformas digitales para organizarse y difundir sus mensajes, mostrando una evolución en las tácticas de protesta.
En los últimos años, abordan una diversidad de temas, desde la violencia de género y el feminismo hasta la defensa de los derechos humanos y la justicia social. Movimientos como #YoSoy132, en 2012, o las manifestaciones contra el feminicidio o la gentrificación han ganado prominencia.
Recientemente, la exigencia de seguridad en el entorno escolar de la UNAM ha hecho que los estudiantes vuelvan a unirse con un fin en común.
Un país que buscaba democracia detrás del movimiento estudiantil
El 2 de octubre fue la culminación de un largo movimiento estudiantil. Detrás de sus demandas específicas había un trasfondo más amplio que era cuestionar el autoritarismo del partido hegemónico, declara Enrique Ortiz García, escritor y cronista de la Ciudad de México.
El pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga tenía seis demandas principales: la libertad de los presos políticos; la destitución de funcionarios responsables de la represión, entre ellos el jefe de la policía; la derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal, leyes usadas para criminalizar la disidencia política; la disolución del cuerpo de granaderos; la indemnización de las víctimas a lo largo de todo este conflicto estudiantil; esclarecer la responsabilidad de la autoridad en estos abusos en contra de los estudiantes.
“La sociedad mexicana, sobre todo los jóvenes, las nuevas generaciones, estaban cansadas de esta represión y de este autoritarismo que venía desde 1929, pues no había realmente procesos democráticos efectivos en nuestro país”, detalla.
Ortíz García agrega que en esa época se cuestionaba el autoritarismo y se buscaba la democratización del país, debido a que la Revolución Mexicana, aunque logró avances importantes, también dejó deudas hacia la sociedad, los obreros, los jornaleros, los campesinos y los derechos laborales.
La imagen del régimen priista se desgastó
El 1990, el escritor Mario Vargas Llosa calificó a México como “la dictadura perfecta”, un régimen con cierta alternancia en el personaje que llevaba el poder o la batuta, pero todos alineados a una política y partido oficiales. En ese sentido, el impacto de este movimiento fue un despertar político de la sociedad mexicana y cuestionar esa dictadura perfecta.
“Muchos dirían que el gobierno de Díaz Ordaz salió fortalecido al lograr controlar este movimiento a través de represión, de la violencia, la muerte, y de encarcelar a líderes y miembros de este movimiento. Pero la realidad, es que la situación política que se vivía en México fue tremendamente cuestionada”, opina el escritor.
Recuerda que el 12 de octubre iniciaron las Olimpiadas y desde el segundo día de ese mes ya había presencia de periodistas, reporteros, de prensa extranjera en nuestro país, y fueron ellos quienes cuestionaron el actuar del gobierno en contra de las libertades de los estudiantes.
El impacto de este movimiento estudiantil de varios meses en 1968, fue más a largo plazo, fue de más de largo aliento, considera, al grado que se creó una memoria colectiva y conmemorativa enfocada en el hito, que es la masacre del 2 de octubre de Tlatelolco.
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“Es un movimiento que inspiró a muchísimas generaciones que llegaron después, y no tan después, porque también está ahí la matanza del jueves de Corpus, en 1971, donde sigue este espíritu estudiantil de mejorar las condiciones de los mexicanos, a pesar de lo fuerte que fue la represión del gobierno”.
Para el cronista, el episodio del 2 de octubre contribuye a la lenta erosión del partido oficial: “La brutalidad erosiona la legitimidad de los gobernantes emanados del PRI. Por si fuera poco, con elecciones amañadas y esto finalmente llevó a la alternancia política del 2000, pero este camino fue largo, sinuoso y difícil, lleno de violencia, de represión y de muerte”.
Una nueva generación con distintas luchas
La protesta como medio para exigir justicia es un elemento de lucha que comparten el movimiento del 68 y las protestas estudiantiles recientes, aunque las circunstancias son notablemente distintas, señala en entrevista Érick Ruíz de la Cruz, secretario técnico del Seminario sobre Democracia, Seguridad, Defensa e Inteligencia de la UNAM.
En 1968, las demandas eran de carácter político, buscando una mayor apertura democrática en un régimen autoritario. En contraste, las movilizaciones actuales se centran en la seguridad y el respeto a la vida universitaria, debido a los acontecimientos recientes en los que un estudiante de bachillerato fue asesinado.
“En 1968 había un régimen que no toleraba la disidencia; hoy vivimos en un contexto más abierto, donde la protesta estudiantil es reconocida como un derecho, aunque todavía no se legitima completamente”, explica Ruíz de la Cruz.
Sin embargo, destaca que la magnitud de la violencia también ha cambiado. Mientras que en 1968 la respuesta estatal fue represiva, en 2025 la respuesta ha sido institucional, aunque no exenta de críticas por su falta de efectividad.
Explica cómo ha cambiado el espíritu de lucha de los estudiantes en los últimos 57 años. En 1968, la información estaba controlada por el Estado, lo que dificultaba la visibilización de las protestas. Hoy, las redes sociales permiten que las demandas y los incidentes sean documentados y compartidos en tiempo real.
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El secretario técnico enfatiza que, como universitarios, hay un deber moral de respaldar las exigencias de seguridad y justicia. “Las protestas deben estar alineadas con la vida universitaria y no ser influenciadas por intereses externos que busquen desestabilizar la institución”, señala.
Prohibido olvidar
La memoria de Tlatelolco sigue viva, y cada año se renueva el compromiso de construir un México más justo y libre. Sin embargo, a pesar del cambio generacional, también existen diferentes circunstancias, tanto políticas como sociales.
El gran reto que actualmente enfrentan los estudiantes, las universidades y en gran medida la sociedad mexicana, es la inseguridad. Pero no hay una cohesión y no hay grandes movimientos sociales —aunque deberían existir—, declara el escritor Enrique Ortiz.
“No hay un gran movimiento unificador en contra de la terrible situación y del gran reto social que vivimos como mexicanos, que es la inseguridad. No hay un movimiento de las dimensiones y de la importancia como el que se dio en el 68”, agrega.
En opinión de Ortíz, el motivo por el que debería existir una protesta común de los mexicanos es el rechazo a la violencia e inseguridad, y la exigencia de justicia por la cantidad de muertes que se registran todos los días en el país.
Además, dijo, se creó una memoria colectiva en el cual todavía se escucha el eco y la voz del “2 de octubre no se olvida” y esto daría pie a profundos cambios sociales en las siguientes décadas como la alternancia política y la conquista de derechos por parte de varios grupos minoritarios.
“Siento que la potencia y la fuerza del movimiento estudiantil del 68 se debe a que diferentes sectores sociales, no solamente los estudiantes, también los intelectuales, escritores, obreros, incluso grupos comunistas, resintieron un problema muy visible, una problemática que afectaba a la sociedad.
“Esto lo que hace es que haya una unión y objetivos puntuales de muchísimos grupos sociales y donde se suman centenares de estudiantes. En la actualidad, los problemas son múltiples y son más diversos. Tal vez el calado de estos problemas no es tan potente o tan profundo como lo que se vivía en los 60”, expone Ortíz García.
Exposición de las exigencias
Por su parte, Érick Ruíz de la Cruz, académico de la UNAM, considera que los estudiantes son la voz moral frente a las injusticias como reflejo de lo que sucede en el contexto nacional: “Es un contexto de violencia, de incertidumbre y de no recibir la respuesta clara de las instituciones, tanto de la presidencia como de las instituciones de seguridad”.
Acerca de las luchas sociales en esta época, el entrevistado comenta que la principal diferencia es el contexto político, debido a que en 1968 había un régimen autoritario que no toleraba la disidencia ni la crítica y en 2025 hay un régimen con más apertura, donde la protesta estudiantil puede llegar a reconocerse como un derecho.
La exposición que existe en la actualidad suma a la exigencia de justicia en distintas causas. Ruíz de los Santos explica que las redes sociales permiten visibilizar la agresión, cada pliego petitorio en tiempo real, pero esto mismo nos enfrenta a algo que se llama la posverdad.
“La posverdad es el confrontamiento de las verdades individuales o colectivas que no empatan en los intereses de cada grupo.
«Eso, lamentablemente, aunque hay una mayor apertura, una mayor visibilización de lo que sucede, lamentablemente también va acompañada de una apatía, de una indiferencia, incluso de la criminalización de las protestas”.
La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero es uno de los movimientos populares recientes que más repercusión ha tenido a nivel nacional e internacional.
Si bien, siguen existiendo grupos que exigen justicia en el caso de los estudiantes asesinados y desaparecidos en 1968 y en 2014, también han surgido nuevos colectivos y asociaciones que abanderan distintas causas sociales.
Universidad, espacio crítico y de lucha
La Universidad Nacional Autónoma de México atraviesa un periodo crítico de movilizaciones estudiantiles, motivadas por la creciente preocupación por la seguridad en sus instalaciones. A raíz del asesinato de un estudiante del CCH Oriente el pasado 24 de septiembre, diversos planteles han suspendido actividades, encendido alertas por amenazas de bomba y fortalecido un movimiento estudiantil que exige acciones claras para garantizar la seguridad al interior de la institución.
La comparación de la lucha estudiantil de 1968 con el movimiento actual resulta inevitable. Érick Ruíz de la Cruz considera que ambos momentos comparten un punto de convergencia: “La universidad como espacio de protesta y exigencia de justicia”.
Desde el asesinato del estudiante, se han realizado movilizaciones en todos los planteles de la universidad, lo que ha resultado en la suspensión de clases y paros laborales en cerca de 20 instalaciones.
Estas acciones no solo son una respuesta al crimen, sino también a una serie de amenazas que han circulado, muchas de las cuales han sido desmentidas, pero otras han resultado ser reales. El 30 de septiembre, la Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán cerró sus puertas debido a una amenaza de bomba, un claro indicativo del clima de miedo que prevalece.
Las protestas, dice Ruíz de los Santos, “han ido enriqueciendo un pliego petitorio para que la UNAM pueda responder a esta crisis y restablecer una percepción de seguridad en sus espacios (…) exigencias son legítimas y reflejan una preocupación genuina por la seguridad en un contexto donde la violencia ha permeado diversos aspectos de la vida cotidiana”.
Respaldo de académicos y administrativos
A pesar de la tensión, el entrevistado señala que hay un respaldo significativo a las movilizaciones por parte de docentes y personal administrativo. Este apoyo es crucial, ya que la vida universitaria trasciende la experiencia estudiantil y abarca a toda la comunidad académica.
“La unión de todos los sectores de la UNAM en torno a estas demandas refleja una conciencia colectiva sobre la necesidad de mejorar las condiciones de seguridad.
La UNAM, como reflejo del país, vive un momento tenso y doloroso. Sin embargo, también se perfila como un espacio donde los reclamos sociales pueden encontrar eco. Para Ruíz de la Cruz, el reto es claro: atender la inseguridad sin caer en respuestas autoritarias, fortalecer los mecanismos de protección de la comunidad y mantener viva la esencia crítica de la universidad pública más importante del país.
“Debemos estar atentos a que estas protestas no sean utilizadas con fines externos que busquen desestabilizar a la institución. Pero mientras las demandas sean legítimas y centradas en mejorar la vida universitaria, tienen todo nuestro respaldo”, asevera.
La historia de la universidad como un espacio de protesta y conciencia social sigue viva y su futuro depende de la capacidad de la comunidad para unirse y luchar por un cambio significativo.
Información. Reporte Índigo.

