El baile cruzó sus caminos, los enamoró y les regaló la oportunidad de reconstruir su vida, así comienza la historia de Jesús y Yolanda, quienes encontraron pareja de baile y de vida gracias al danzón en Irapuato.
J. Jesús Ramos, maestro de danzón con 25 años de experiencia, y Yolanda Patricia Escalante, maestra jubilada de preescolar con apenas dos años en la danza, encontraron en el danzón no solo una pasión compartida, sino también el inicio de una relación sentimental.
Se conocieron en la pista y, desde entonces, comparten tanto el amor por el baile como el de pareja. “Yo me acerqué a ella y le pregunté si quería aprender a bailar, pero siempre me decía: luego te digo, luego te digo… hasta que un día me dijo que sí”, recuerda Don Jesús entre sonrisas.
Yolanda, originaria de la Ciudad de México, lleva el gusto por el baile desde la infancia. Don Jesús, en cambio, lo heredó de su madre. Una fractura de tibia y peroné lo llevó a la rehabilitación a través del baile, que con el tiempo se convirtió en su gran pasión.
“Conocí a grandes maestros que ya se nos adelantaron. Uno de ellos fue Gerardo Aboites, al que todos llamaban el ChaChaCha. Él me recogió, me pulió como un diamante y me hizo lo que soy ahora. Gracias a él comprendí que el danzón es más que un baile: es un camino de vida”, relata con orgullo.
Para Yolanda, el danzón significó una nueva esperanza, tras la pérdida de su esposo cayó en una profunda depresión que duró varios años. Fue en los jueves de danzón donde recuperó la alegría y, tiempo después, conoció a Jesús: su compañero de baile y de vida. “Cuando vi bailar, me pareció un cortejo entre una pareja. Esos movimientos suaves son como una invitación a enamorarse. Yo estaba muy triste, pero el danzón me devolvió las ganas de vivir”, confiesa.
La vestimenta también es parte esencial de esta tradición. En el danzón, la ropa es símbolo de respeto y elegancia: el hombre porta traje o guayabera, sombrero y zapatos brillantes que reflejan caballerosidad; la mujer luce vestidos elegantes y vaporosos que resaltan cada giro, acompañados de abanico, flores o guantes que evocan coquetería y distinción. Vestirse para el danzón es rendir homenaje a la historia, a la pareja y al propio baile.
Cada encuentro en la pista se convierte así en una ceremonia de elegancia y memoria.
Información. Periódico Correo.

