En Puebla “no nos vamos a morir de enfermedad, sino de hambre”.

En una cacerola con abolladuras que usa desde hace muchos años, y en la estufa que no es suya, porque la que tenía de toda la vida se le descompuso, doña María Reyna Canseco cocina apenas un kilo de arroz que compró con apuros, una cajita de puré que sustituirá medio kilo de jitomate y una lata de verduras de nueve pesos, lo cual es todo lo que en un día llegan a comer ella y los demás integrantes de su familia, 12 en total.

La preocupación se adueña de las expresiones de esta mujer al momento de cocinar, el entre cejo se frunce al ver lo poco que tiene para comer.

Doña María, que habita una humilde vivienda en Amozoc, municipio colindante con la ciudad de Puebla, sabe que no hay más alimentos con qué completar y que el kilo de arroz debe rendir para todos. Aun así, al momento de servir una pequeña porción en cada uno de los platos de plástico que usa regala una sonrisa cuando invita a comer a sus hijos, nietos y otros parientes.

“Aunque sea un taquito de sal”, ofrece esta heroína de 53 años a quienes se sientan a la mesa.

La inocencia de los más pequeños se ve reflejada en el rostro. Todos se sientan felices porque saben que ya es la hora de la comida. Después de unos segundos de probar lo que les han servido piden un pedazo de pollo. Doña Mary contesta que ese día no se pudo, que tal vez al siguiente alcance para un pollito rostizado, el cual no han comido desde varios meses atrás.

No todos logran sentarse en la mesa, la casa es pequeña. La vivienda cuenta solo con dos cuartos techados con asbesto y un cuarto que fue construido por el gobierno estatal pasado, por ello el espacio es poco y no cabe un comedor. Ante tales circunstancias los demás se acomodan en donde pueden para comer lo poco que hay en casa.

Este platillo, que costó casi 60 pesos, no va alcanzar para la cena, por lo que el restante de los 83 pesos que ganó durante varias horas en su puesto de cosas usadas el día anterior debe “estirarse” lo más que se pueda para comprar pan o, mínimo, un litro de leche para que cenen los nietos, mientras que los adultos aguantan hasta la mañana siguiente para desayunar.

La pandemia por coronavirus vino a quitarles lo poco que tenían, dejándolos sin trabajo y sin comida. Aquí no hay una alacena pues al no tener un ingreso fijo solo compran las cosas que comerán al día. No existe un guardadito, porque no hay de dónde sacarlo.

En casa solo el hijo y el yerno de doña María trabajan de manera semiformal, toda vez que son convocados para apoyar como meseros, muy de vez en cuando, lo que significa que los ingresos son pocos, inestables, y las bocas que alimentar son muchas.

Las temperaturas por la mañana y la noche se vuelven realmente bajas para la familia de doña María. La colonia Santa Margarita, donde vive, perteneciente al municipio de Amozoc, es uno de tantos lugares en donde la pobreza es evidente y en el que viven numerosas familias como la de ella, sin recursos.

No obstante, esta mujer no se ha quedado de brazos cruzados. Comienza su día desde muy temprano, se abriga con lo poco que tiene, cuenta las monedas que todavía le quedan, pone a hervir un poco de agua que le han regalado sus vecinos (porque ella se ha quedado sin servicio por falta de pago) y se dispone para ir a trabajar.

Antes toma una taza de café y come una pieza de pan, luego busca el carrito de super que le regalaron, lo llena con ropa, zapatos, juguetes y otros objetos también obsequiados, para ir a su puesto del bazar donde espera obtener unos pesos para conseguir los alimentos del día.

Al colocar su puesto, ubicado en la misma colonia en la que vive, pide a Dios que le ayude a obtener más de 100 pesos, suficiente, según narra, para que coman todos en casa un día más.

No lo consiguió. Después de seis horas solo consigue 83 pesos. Al ver que no hay más que hacer regresa a casa con una sentencia: “no nos vamos a morir por la pandemia, pero sí de hambre”.

Información. El Sol del Bajío.

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